El nadador pergaminense recorrió 45,9 kilómetros alrededor de Manhattan y completó una de las travesías más exigentes de las aguas abiertas en 8 horas y 33 segundos. Una historia de superación que comenzó con un miedo de infancia y terminó llevándolo a cruzar algunos de los escenarios más emblemáticos del mundo.
A los 55 años, Patricio “Pato” D’Ottavio volvió a demostrar que en las aguas abiertas los límites muchas veces están más en la cabeza que en el cuerpo.
El miércoles 5 de agosto, el nadador pergaminense completó los 45,9 kilómetros de los “20 Puentes de Nueva York”, una de las travesías más reconocidas de la especialidad, que consiste en circunnavegar la isla de Manhattan atravesando los ríos East, Harlem y Hudson.
D’Ottavio necesitó 8 horas y 33 segundos para completar el desafío, en un recorrido marcado por las mareas, las corrientes, el tránsito de embarcaciones y una temperatura del agua cercana a los 20 grados.
La travesía comenzó a las 13:00, frente a la Estatua de la Libertad. Desde allí, D’Ottavio inició un recorrido de 28,5 millas que lo llevó a pasar por debajo de los 20 puentes que rodean Manhattan.
El puente de Brooklyn fue una de las primeras grandes referencias, seguido por los puentes Manhattan, Williamsburg y Queensboro. Después llegó el tramo del río Harlem, donde las condiciones cambiaron y la corriente comenzó a jugar un papel determinante.
“Los puentes los vas viendo, los vas tratando de contar”, relató el nadador, que utilizó esas estructuras como referencias para medir mentalmente cuánto faltaba para completar una vuelta que se extendió durante horas.
El tramo del Harlem presentó uno de los mayores desafíos. El cambio de la marea generó corriente en contra y obligó a D’Ottavio a modificar su estrategia para encontrar una trayectoria que le permitiera aprovechar mejor las condiciones del agua.
Después llegó el Hudson y apareció el George Washington Bridge, el último de los 20 puentes. Pero todavía quedaban kilómetros por delante antes de alcanzar la meta.
La hazaña de Nueva York adquiere otra dimensión cuando se conoce la historia detrás del nadador pergaminense.
D’Ottavio tuvo su primer contacto traumático con el agua cuando apenas tenía cinco años. Durante un cumpleaños cayó accidentalmente dentro de una fuente y quedó atrapado bajo el agua. El recuerdo de aquella experiencia permaneció durante años.
Fue precisamente ese episodio el que llevó a sus padres, Rodolfo Oscar y Ángela Francisca, a buscar que aprendiera a nadar.
Así comenzó una relación con el agua que, con el tiempo, dejó de estar marcada por el miedo para convertirse en una verdadera pasión.
En su infancia en el barrio Acevedo, acompañado por su familia, apareció además una figura decisiva: Roberto “Beto” Cittadini, quien lo ayudó a ganar confianza y a sentirse cómodo dentro del agua.
La natación fue creciendo en su vida hasta transformarse en mucho más que un deporte.
En 1986, durante el Cruce del Lago en Córdoba, D’Ottavio conoció una dimensión completamente diferente de la natación.
Ya no había paredes, andariveles ni la seguridad de una pileta. Había naturaleza, distancia y un horizonte abierto.
Fue entonces cuando descubrió algo que marcaría su trayectoria: la fascinación por nadar en aguas abiertas.
A partir de allí llegaron entrenamientos, competencias, viajes y desafíos cada vez mayores. También aparecieron entrenadores que dejaron huella, entre ellos Rodolfo Sacco, a quien recuerda como un verdadero padre deportivo.
De aquella etapa nació una filosofía que todavía lo acompaña:
“Si se cansa el físico hay que recurrir a la mente. Si se cansa la mente hay que recurrir al espíritu”.
La lista de desafíos de D’Ottavio explica por qué los 20 Puentes de Nueva York ocupan ahora un lugar especial en su trayectoria.
En 1997 cruzó el Río de la Plata. Un año después afrontó el Estrecho de Gibraltar y en el 2000 concretó uno de los grandes sueños de cualquier nadador de aguas abiertas: el Canal de la Mancha.
Con esos desafíos logró convertirse en uno de los pocos nadadores que completaron individualmente la denominada Triple Corona de las aguas abiertas, integrada por el Río de la Plata, Gibraltar y el Canal de la Mancha.
Este año, además, había regresado después de 28 años a la Santa Fe-Coronda, donde recorrió aproximadamente 56 kilómetros en 8 horas, 39 minutos y 32 segundos y terminó quinto entre 21 participantes aficionados.
Ahora sumó Manhattan a una trayectoria construida durante décadas a fuerza de entrenamiento, perseverancia y una particular relación con el agua.
Lejos de pensar la natación solamente como una colección de récords, D’Ottavio encontró en ella una manera de atravesar la vida.
En 2010 se casó con Evangelina y luego llegaron sus hijas, Tiziana y Francesca. Hoy combina el trabajo, la familia y el entrenamiento, mientras el agua continúa ocupando un lugar central.
No habla de cuentas pendientes ni de una carrera contra el tiempo. Su historia parece tener otra lógica: cada desafío es una oportunidad para volver a descubrir hasta dónde puede llegar.
Quizás por eso la imagen más poderosa de su trayectoria no sea la de un nadador atravesando el Canal de la Mancha, el Río de la Plata o Manhattan.
Es la de aquel chico que, a los cinco años, miraba el agua desde abajo de una fuente y sentía miedo.
Décadas después, ese mismo chico terminó convirtiendo el agua en su refugio, su pasión y el escenario desde el que salió a conquistar algunos de los grandes desafíos de las aguas abiertas del mundo.
Foto: La Opinión
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