SOCIEDAD | Inesperada convocatoria

El piloto argentino que recibió un mail mientras viajaba por la Ruta 8 y terminó combatiendo incendios en Chipre

Ezequiel Olivier tiene 49 años, nació en Diego de Alvear y lleva más de 6.000 horas de vuelo. Después de 26 campañas como piloto aeroaplicador en Argentina, una inesperada convocatoria laboral lo llevó hasta una isla del Mediterráneo. Hoy integra una comunidad internacional de pilotos forestales y vuela un Air Tractor AT-802 para combatir incendios.

Ezequiel Olivier

Ezequiel Olivier

Hace 1 hora.

Un mail en la banquina

Ezequiel Olivier estaba viajando por la Ruta 8, a la altura de Carmen de Areco, cuando frenó en la banquina para leer un correo electrónico que acababa de recibir.

Había un pasaje de avión a su nombre.

El destino era Larnaca, Chipre.

No lo conocía. Entró a Google Maps para descubrir dónde quedaba aquella isla perdida para él en medio del Mediterráneo. Después llamó a la empresa porque pensó que se trataba de un error.

La respuesta cambió sus planes de manera abrupta.

Sí, te vas mañana a volar a Chipre.

Ezequiel preguntó por cuánto tiempo.

Seis meses.

Hizo un volantazo y emprendió el regreso a su casa. Tenía menos de 24 horas para reorganizar su vida familiar, preparar una valija y dejar atrás una cantidad de asuntos sin resolver.

Ni siquiera había sido advertido previamente por el gerente de operaciones.

Su padre, además, tenía otro motivo para preocuparse. En aquel momento existía tensión por el conflicto entre Israel e Irán-Irak y, al enterarse de que su hijo viajaba hacia esa región, le preguntó si estaba dispuesto a ir a una zona de guerra.

Ezequiel se fue igual.

Después de tres vuelos, 26 horas entre viajes y escalas, llegó a Chipre sin saber demasiado acerca de lo que encontraría.

Tres temporadas después, sigue allí.

Y dice que encontró algo que no esperaba: su lugar en el mundo.

Del cielo de Diego de Alvear al Mediterráneo

La historia, sin embargo, había comenzado mucho antes.

Ezequiel es oriundo de Diego de Alvear, Santa Fe, y tiene 49 años. Su relación con la aviación nació cuando era chico, entre dibujos de aviones, miradas hacia el cielo y la fascinación por el ruido de los motores.

A los 16 años y 9 meses decidió que quería volar. Comenzó el curso de piloto privado en Venado Tuerto en 1993 y rindió al año siguiente. Viajaba dos veces por semana hasta el aeródromo y allí se subía al avión para comenzar a construir una profesión que, por entonces, difícilmente podía imaginar hasta dónde lo llevaría.

Se recibió en 1994. Luego se mudó a Buenos Aires, trabajó en Telecom y en Aerolíneas Argentinas, mientras cursaba la teoría de piloto comercial. En 1999 obtuvo también un título universitario en aviación comercial.

Actualmente tiene más de 3.000 horas registradas en su libro de vuelo, aunque calcula que las horas realmente voladas superan las 6.000.

Una buena parte de esa experiencia la construyó lejos de los grandes aeropuertos.

La construyó fumigando campos.

Antes del fuego, estuvieron los cultivos

En 1999 comenzó el curso de aeroaplicador y viajó a Entre Ríos para trabajar con distintos aviones, entre ellos un Cessna 182, un Piper PA-18 y, por primera vez, un Pawnee 235.

Era otra aviación.

Todavía no estaba extendido el uso del banderillero satelital y había que salir a buscar desde el aire los lotes arroceros. Los productores llegaban con planos dibujados a mano que muchas veces había que orientar desde la cabina.

En ocasiones, incluso, Ezequiel se perdía.

La solución era regresar a la pista, subir a algún baquiano de la zona y convertirlo en una especie de “GPS humano” para encontrar el lote.

Fueron largas jornadas de vuelo por Entre Ríos, con aterrizajes en caminos rurales y pistas improvisadas.

Ezequiel acumuló 26 campañas de aeroaplicación en Argentina y recorrió buena parte del país.

Sin saberlo, aquella experiencia terminaría siendo fundamental para la etapa siguiente de su carrera.

El fumigador que se convirtió en bombero del aire

Antes de llegar a Chipre, recibió una oferta laboral de una empresa canadiense. Casi simultáneamente apareció otra oportunidad: comenzar la adaptación al Air Tractor AT-802 para trabajar en el combate de incendios forestales.

No dudó.

Comenzó entonces el entrenamiento para combatir incendios en bosques y campos.

Hoy vuela en Chipre un Air Tractor 802, un avión con capacidad para transportar más de 3.000 litros de agua o retardante, equipado con una turbina de más de 1.450 HP.

Pero, según explica, la verdadera herramienta que llevó consigo no fue solamente el avión.

Fue la experiencia.

Después de tantas campañas de fumigación, dice que el piloto aprende a “volar con el cuerpo”: sentir el avión, interpretar su velocidad y reaccionar ante el terreno sin depender exclusivamente de los instrumentos.

La diferencia es que, en la aeroaplicación, podía pasar buena parte del día volando a unos dos metros del terreno. En el combate del fuego, trabaja a mayor altura, pero debe enfrentar montañas, árboles, cables, antenas, torres de alta tensión y molinos eólicos que pueden quedar ocultos por el humo.

Y tiene otra particularidad: puede liberar unos 3.000 kilos de carga en aproximadamente un segundo y medio, para luego aprovechar la potencia del avión y ganar altura.

Doce horas en una base militar británica

El trabajo en Chipre tiene otro escenario particular: la base aérea de Akrotiri, territorio británico ubicado en el sur de la isla.

Ezequiel quedó sorprendido desde el primer momento por el orden y la dimensión del lugar. Allí conviven aviones, helicópteros, drones y aeronaves de carga, dentro de una infraestructura que funciona prácticamente como un pueblo, con hospital, escuelas, cine, gimnasios, campos deportivos, estación de servicio y cuartel de bomberos.

También tuvo experiencias que jamás había imaginado.

En una oportunidad fue convocado para participar de una misión especial que incluyó un vuelo sobre la residencia del gobernador británico. Recibieron los procedimientos en una sala de operaciones y realizaron un vuelo en formación: un helicóptero adelante y dos Air Tractor detrás, con sirenas y luces encendidas.

Para un piloto argentino que comenzó su carrera mirando aviones en el cielo de un pueblo santafesino, aquella escena parecía difícil de imaginar.

La primera vez frente a las llamas

Su primera salida a un incendio llegó apenas tres días después de haber arribado a Chipre.

Todavía no conocía bien la zona y estaba nervioso. Por eso decidió acompañar como observador al piloto al que debía reemplazar durante su descanso.

Desde arriba recibió una cantidad enorme de información en muy poco tiempo.

Cuando aterrizó, sin embargo, algo había cambiado.

Volaban siempre dos aviones y el piloto que estaba adelante le transmitió tranquilidad: él iría primero y Ezequiel iría aprendiendo de a poco.

El desafío no era solamente el fuego.

Era volar en un lugar desconocido, comunicarse en inglés con las torres de control, escuchar conversaciones en griego y coordinarse en español con otro piloto argentino.

Una combinación que al principio parecía un caos.

Con el tiempo, se convirtió en rutina.

Hoy asegura que cuando despega siente que conoce desde el aire los lugares por los que vuela, casi como si estuviera recorriendo el patio de su casa.

Cinco minutos para despegar

Durante la temporada de incendios, la jornada comienza temprano.

A las 6.30, Ezequiel y su tripulación ya están en movimiento. A las 7 deben estar listos para volar.

Si no hay un incendio, permanecen en guardia o realizan patrullajes sobre las zonas montañosas donde existen sectores de vuelo asignados.

Las alertas se dividen según la temperatura y las condiciones del día. En la máxima prioridad, tienen cinco minutos para salir. Luego existen alertas de diez y quince minutos.

Cuando finalmente llega la orden, las coordenadas ya están disponibles y los aviones parten hacia el incendio.

En el aire, los pilotos no trabajan solos.

Los observadores vuelan detrás, transmiten información y coordinan con los bomberos en tierra. Los pilotos reciben las indicaciones sobre dónde realizar los lanzamientos y deben mantener comunicación simultánea con diferentes frecuencias aeronáuticas y terrestres.

Los 20 segundos antes del bombazo

Desde lejos, la primera señal es una enorme torre de humo.

Cuando llegan a la zona afectada, los dos aviones realizan vueltas sobre el incendio para analizar el terreno y los riesgos ocultos.

Recién entonces llega la decisión.

Segundos antes del lanzamiento, el piloto ya tiene elegido el lugar. También debe haber evaluado los obstáculos y definido por dónde escapará después de descargar.

Entonces conecta la sirena, verifica la luz verde de la compuerta y comunica por radio a los bomberos que en unos 20 segundos llegará la descarga.

La advertencia tiene una razón concreta: quienes están trabajando en tierra deben apartarse para no recibir de lleno los miles de kilos de agua o retardante.

Después llega el lanzamiento.

Y todo ocurre en segundos.

Los dos aviones vuelan separados, pero coordinados. El objetivo es que las descargas se complementen y tengan el mayor efecto posible.

El incendio que puso a prueba a toda la isla

El año pasado, Chipre sufrió el incendio más grande de su historia, según el relato de Ezequiel.

Fueron cinco días consecutivos volando de sol a sol.

Había poca visibilidad, pueblos de montaña que resultaba difícil encontrar entre el humo y numerosas aeronaves y helicópteros operando simultáneamente.

Todos necesitaban ayuda.

Fueron jornadas tensas, de concentración permanente, que terminaron con la tripulación exhausta pero con la sensación de que todo había salido bien.

En otro incendio de gran magnitud, el fuego llegó a arrasar más de 30.000 hectáreas y durante una semana los pilotos volaron prácticamente de sol a sol.

Sin embargo, Ezequiel evita hablar de heroísmo.

“Aquí no venimos con el traje de héroe”, explica.

La lógica es otra: trabajar dentro de los límites de seguridad, ayudar a los bomberos que están en tierra y no asumir riesgos innecesarios.

El miedo, dice, nunca fue el protagonista.

La preparación sí.

Tres argentinos entre pilotos de todo el mundo

En Chipre trabajan tres pilotos argentinos: Ezequiel, Martín y Leandro (de Pergamino).

A ellos se suman pilotos chilenos, españoles, griegos, franceses, ingleses, australianos y de otras nacionalidades, además de los observadores griegos y el personal de tierra.

La convivencia también tiene su costado argentino.

Hay asados, rondas de café y hasta algún mate que logró atravesar las fronteras culturales.

Aunque compartir la bombilla con quienes no están acostumbrados a ella todavía genera cierto recelo.

Lo que los argentinos todavía no logran incorporar, en cambio, es otra costumbre local:

el café frío con hielo.

Lo que aprendió en la isla

Después de tres temporadas, Ezequiel siente que podría operar en distintos lugares del mundo.

No solamente por la experiencia de combatir incendios, sino por haber trabajado en una comunidad internacional de pilotos forestales.

La experiencia le permitió compartir operaciones y conocimientos con colegas de Jordania, Australia, Chile, Grecia, Francia, Inglaterra y España.

Y asegura que los pilotos argentinos son especialmente valorados por su experiencia previa como aeroaplicadores y por su capacidad para manejar aviones de tren convencional y trabajar cerca de terrenos complejos.

Para ejercer internacionalmente, además, hay una herramienta que considera fundamental: el inglés operacional de aviación, necesario para comunicarse con torres de control y con el enorme abanico de aeronaves que comparten el espacio aéreo.

En una de las operaciones, incluso, mientras trabajaban desde el aeropuerto internacional de Larnaca, detrás de ellos estaba por despegar un Antonov 124.

“Encontré mi lugar en el mundo”

Hay algo que Ezequiel extraña.

La familia. El asado. Las reuniones con amigos.

Pero cuando habla de Chipre, la descripción cambia.

Habla de sus paisajes, de las montañas, los pueblos, las playas, la gastronomía y la posibilidad de caminar con tranquilidad. Habla de una vida cotidiana que encontró diferente a la que conocía.

Dice que allí descubrió paz, seguridad y tranquilidad.

Y también una vida con mucho menos ruido.

No solamente el de los motores.

Cuando intenta resumir estos tres años en una sola imagen, no encuentra una escena puntual.

Encuentra una sensación.

“Encontré mi lugar en el mundo.”

Ezequiel Olivier salió de Diego de Alvear mirando aviones hacia el cielo. Pasó por los campos argentinos volando a pocos metros de los cultivos, aprendió a encontrar lotes desde el aire cuando todavía había mapas dibujados a mano y acumuló miles de horas de vuelo.

Un día, mientras viajaba por la Ruta 8, recibió un mail que lo llevó a una isla que ni siquiera sabía ubicar en el mapa.

Hoy, desde la cabina de un Air Tractor, mira otra vez hacia abajo.

Solo que esta vez no busca un lote.

Busca el fuego.

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